La mayoría de formaciones en comunicación que hacen las empresas no sirven para nada

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Maria Romar es coach experta en habilidades comunicativas y lleva más de 20 años trabajando en comunicación con personas y equipos. Su tesis es incómoda pero lógica y difícil de rebatir: el problema no es de técnica, es de concepto y de creencias.

Esto de que la mayoría de formaciones en comunicación no sirven es una afirmación bastante rotunda.

Lo sé, y la sostengo. La mayoría de las formaciones sobre comunicación y liderazgo en empresas se ofrecen como un complemento para cubrir el calendario de formación sin que nadie se haya molestado en detectar qué necesita realmente ese equipo.

Por eso, como no hay un objetivo concreto, se repiten los mismos tópicos de siempre: el famoso test de los colores, cuatro pautas sobre el lenguaje no verbal o cómo hacer una presentación más vistosa.

¿El resultado? La misma formación que se da hoy en esta empresa, mañana se dará, tal cual, en otra, como una obra de teatro que se va representando distintos recintos.

¿De dónde viene este problema?

Yo creo que hay dos aspectos importantes: por un lado, está la normalización de conceptos vacíos que se da en el mundo corporativo (sobre todo en empresas grandes) y, por el otro, la manera en la que se entiende la formación en las empresas.

¿Conceptos vacíos? Esto promete

Sí, esto es algo que ocurre mucho. Un ejemplo muy frecuente es “comunicación de impacto”. A menudo recibo solicitudes de empresas que me piden que les haga una propuesta para una formación sobre «comunicación de impacto». Así, con estas palabras, como si esta expresión significase algo.

Y cuando pregunto qué problema quieren resolver, qué buscan, qué necesitan exactamente o qué entienden ellos por “comunicación de impacto” la respuesta suele ser ninguna. Silencio administrativo.

¿Por qué crees que ocurre esto?

Porque lo que buscan, a menudo, es gastarse el excedente del presupuesto de formación en algo que suene bien y tenga un nombre con gancho. Sin estrategia, ni objetivo, ni diagnóstico.

Quieren ver propuestas que les encajen por título y precio y poco más, y así es imposible que una formación sea efectiva. Y menos aún que esa formación provoque cambios y mejoras y que estas se puedan medir.

¿Cómo hacer entonces que las formaciones funcionen?

Para empezar, hay que preguntarse: ¿qué problema tiene mi equipo? ¿Con qué se atasca de manera recurrente? ¿Qué debería mejorar? Esa persona que se bloquea cuando tiene que presentar, ¿qué necesita exactamente?

El trabajo de un buen líder, de un mánager competente o de un departamento de RRHH que funciona de verdad, es identificar las necesidades reales de las personas y buscar soluciones para satisfacerlas. Todo lo demás es tirar el dinero.

En tu método, hablas mucho de «creencias». ¿Qué tiene que ver eso con comunicar mejor en el trabajo?

Las creencias son la base de todo. Mira, hay un perfil que se repite en todas las empresas: la persona que sabe muchísimo pero que intenta ser invisible. Esa persona a quien se la ve sufrir cuando habla en público y lo evita siempre que puede. Que tiene una capacidad de análisis brutal, pero se queda en silencio en las reuniones.

Estos perfiles tienen algo en común, y no es timidez ni falta de habilidad. Es un problema de autoestima, de creencias. Y eso afecta directamente a su manera de comunicar y es lo que le impide ocupar su lugar.

Si a esa persona no la ayudas a trabajar sus creencias y el concepto que tiene de sí misma, es imposible que aplique ninguna técnica de comunicación que haya aprendido en ninguna formación. Porque cuando habla en público, su cerebro está en pánico y en modo supervivencia. No está para pensar en hacer pausas estratégicas ni para sostener la mirada de la audiencia. Está para salir corriendo. O para esconderse, que es lo que hacen estas personas.

Y, sin embargo, la comunicación sigue considerándose una soft skill, algo natural en las personas.

Sí, y este problema de concepto es la raíz de todo. La comunicación no es una habilidad natural ni un don de nacimiento: es un hábito que se enseña y se entrena y que debe trabajarse desde diferentes ángulos, entre ellos, las creencias.

Se sigue considerando algo menor, pero la comunicación es profundamente estratégica. De ella depende que alguien sepa negociar con un cliente, presentar un proyecto y venderlo bien, intervenir en una reunión clave o defender una idea con criterio.

Todos conocemos casos de empresas que han cometido graves errores de comunicación que ha tenido unas consecuencias y un coste tremendos: acciones que caen, pérdidas millonarias, multas, indemnizaciones, caída de ventas… Cuando es hacia fuera, todo el mundo ve la importancia y el efecto que tiene la comunicación.

Pero el coste interno, el que afecta al día a día de los equipos, no se contabiliza ni se publican sus cifras. Pero existe.

¿De cuánto estamos hablando?

Pues en términos de tiempo, un estudio de SIS International Research contabilizó que una empresa de 100 empleados pierde una media de 17 horas semanales aclarando malentendidos de comunicación interna. Imagínate el desgaste y las pérdidas de tiempo y de productividad.

Y según un estudio de 2019 de la Society for Human Resource Management, la mala comunicación hacia y entre empleados cuesta a las grandes empresas una media de 62,4 millones de dólares al año.

Esto ya es un problema de negocio, no solo de Power Point o de si tu jefe es amarillo, verde, rojo o azul.

¿Qué crees que pierden las empresas cuando esto no se aborda?

Pierden en dos direcciones. Por un lado, pierden talento, porque alguien que renuncia a ser visible renuncia también a oportunidades y a puestos que podría ocupar y desempeñar increíblemente bien.

Y por el otro se pierde en productividad y competencia: ideas que nunca llegan a salir, lentitud en la reacción, malentendidos que se alargan y roban horas, decisiones que se toman con información incompleta porque alguien no se atrevió a levantar la mano…

Muchas empresas tienen personas brillantes que se vuelven transparentes en las reuniones. No porque no sepan ni porque necesiten otra formación sino porque tienen un problema de inseguridad y de creencias que, si no se trabaja en profundidad, no va a resolverse solo.

Y cuando eso no se aborda, pierde todo el mundo.

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